
Hace
unas semanas fui a visitar la cartuja de Miraflores. Era un día frio, soleado,
y cuando llegamos los monjes no esperaban visita hasta una hora después.
Esperamos al abrigo del sol, en medio de un silencio solo roto por el canto de
los pájaros. Saqué una foto a un rótulo que colgaba de la reja, donde con
letras góticas ponía “clausura” y me puse a pensar en qué motivos, además del
asunto religioso, tendrían quienes elegían aquella vida de aislamiento y
silencio. Sobrecogida tras la visita, en parte por la belleza, y en parte
porque en el interior hacia un frio que pelaba, al salir compramos unos jabones
que los monjes hacían con rosas de su huerto invisible. Ayer, mientras me lavaba
las manos con el producto bendecido de los cartujos para matar el virus, me
pregunté si este confinamiento nos proporcionará reflexión, entendimiento, y
esa felicidad tan perseguida y soñada por el ser humano de tan distintas y
variadas maneras. Las redes, reinas absolutas de la vida y la libertad que hemos
perdido, se han lanzado con hambre sobre los aislados ciudadanos
bombardeándonos con dudosos datos, teorías sin documentar y tonterías varias. Personas que no saben dónde tienen el bíceps
se lanzan al ejercicio físico, sin dejar en el día una hora para sentir que
están vivos. Yo tampoco soy capaz de esperar dócil a que el bicho brote, trepe
hasta mi ventana, pero al amanecer, el paisaje de esta batalla me proporciona
una olvidada paz. Pienso en el silencio
y en el tiempo, dos cosas que se nos ha devuelto a cambio de nuestra libertad.
Mientras escribo, y con una sobredosis de consciencia de lo que supone la
globalidad, tres cuartas partes de la humanidad, unos 2.300.000 millones de
personas están encerradas esperando a que el ser humano, y mas concretamente la
ciencia, controle la amenaza. No olvido que yo tengo un refugio cálido, aunque
no tenga balcón, ni vecinos que canten ópera, pero tengo ventanas por las que la
primavera empieza a colarse y el tibio sol, aquí en el norte, resulta una
caricia prohibida. Respiro como los cartujos y ruego a los dioses, a las hadas,
a los duendes, y a esa hoguera de San Juan, que a saber si encenderemos, que comprendamos que la vida es poderosa, que
volveremos, con más peso, más paciencia y distintos, al habernos sentido
vulnerables. Quizás lo hagamos eligiendo mejor a nuestros gobernantes, dando
menos besos formales, y escogiendo los abrazos anhelados, recuperando las
calles, los rincones, y renunciando a esa eternidad de plástico que no solo
daña el planeta sino el alma. Mientras tanto, quedémonos en casa.