lunes, 11 de enero de 2021

-- Me asombra haber descubierto demasiado  tarde, que han pasado muchas cosas que no he sido capaz de ver. 

Construir una frase como aquella me había llevado diez años de mi vida  viviendo en Londres, añorando algo impreciso y constante que, ahora,  sabia cuanta erosión había producido en mi corazón. Se lo dije con la certeza de que Morris iba a ser incapaz de entender la profundidad de mi confesión.  Era mi manera de hacerle ver que por fin alcanzaba a dominar la meridionalidad de mi carácter y me comportaba como una inglesa acostumbrada a transcribir las emociones. 

Me miró sorprendido. Yo mostraba esa sonrisa prudente de Monna Lisa que utilizaba cuando temía no poder resistir mis ganas de llorar. Me había puesto la blusa de flores que compré en Corfú, que tanto detestaba y  había dejado mi melena suelta. Quería confundirle. Morris era incapaz de detectar mis actos de rebeldía.

¿Quien sabe a quien pertenece este texto?

sábado, 18 de abril de 2020


ELENA MORENO SCHEREDRE

Tercera fase; la aceptación.
Por mucho que me empeñe en mirar para otro lado los rumores se cuelan bajo las puertas, y entran por las ventanas. La presidenta de la Comisión Europea, empieza a dar pautas de comportamiento para los habitantes de este continente cansado que no acaba de encontrar su paso de baile, recomendando poco menos que no compremos cremas de   protección solar para este verano.  El Fondo Monetario Internacional escucha a los epidemiólogos del mundo, que apuntalan las previsiones macro económicas aconsejando a las naciones que inviertan en sanidad, mientras la Organización Mundial de la Salud advierte que no pensemos en una vacuna antes de doce meses.   Si no estuviera en la fase de aceptación me pondría a llorar, porque a veces me sucede que cualquier tontería desencadena mis lacrimales sin motivo alguno. En los telediarios, escucho sin pestañear las cifras de víctimas, convertidas en estadísticas y algoritmos, e inexplicablemente, cuando veo lo mal que le sientan las chaquetas al vicepresidente del gobierno me pongo a llorar sin consuelo. Me da la risa cuando veo que se sigue gastando dinero en encuestas, previsiones de voto y salarios para congresistas, secretarios, subsecretarios y senadores, validando la certeza de que los periodistas autónomos, sin pesebre ideológico, tenemos derecho y hasta deber de tener pataletas demagógicas, aunque no estén previstas en el calendario institucional.   Los países de Europa, más afectados por esta inmisericorde pandemia han encontrado consuelo en la música, y  las canciones elegidas parecen un reflejo poético del carácter de quienes las entonan. Nosotros tenemos “Resistiré” cuyo estribillo me pone de los nervios y que dice “Resistiré para seguir viviendo. Soportaré los golpes y jamás me rendiré. Y aunque los sueños se me rompan en pedazos. Resistiré”. Todo un manual de resistencia la cancioncita de marras. En Italia, donde también andan con el corazón roto cantan “Facciamo finta che”  cuyo estribillo se adapta bien a ese maravilloso país hermano al que siempre le cayeron las prendas  como un guante  y que viene a decir…” Finjamos, o hagamos como que todo va bien, que todo va bien Finjamos que todo va bien”  Y por fin, nuestros vecinos franceses, un poco antes de las ocho, se asoman a las ventanas y cantan para no decepcionarnos  nada menos que una canción llamada “La tendresse”, es decir, la ternura, cuya letra no tiene desperdicio, porque pregonan que podrán vivir sin riqueza ni gloria, pero jamás sin ternura. No se lo creen ni ellos, pero su amour courtois no podía defraudar.     

domingo, 12 de abril de 2020


 Elena Moreno Scheredre 
 La moral de la tropa

 Expertos en crisis y epidemias, químicos, laboratorios o empresas distribuidoras con capacidad de suministro que  dicen haberse ofrecido al gobierno para colaborar, y a los que   se les dio las gracias y no se les respondió… Pero en la guerra se obedece a los generales, se acatan las normas, aunque no se comprendan, se confía y se teme en la misma medida, esperando que las decisiones venideras   sean cuando menos consensuadas. Aviso a navegantes; he pasado la primera fase del duelo; la negación y estoy inmersa en la siguiente; la ira.  No soy capaz de continuar con la novela que estaba escribiendo antes del confinamiento. La realidad ha cerrado con candado mi acceso a la ficción.  Me he convertido en una viajera sedentaria ignorando mi exilio, y confeccionando mascarillas de colores con   retales luminosos que guardaba con inútil eternidad. Escucho  que no sirven, y mi enfermero, me dice que debo estar en casa con mascarilla. <<No tengo>> <<Pues ponte un pañuelo, te puede servir el de las fiestas>> Pienso en Bonnie and Clyde, caminando embozada por el pasillo. En esta  etapa, la de la ira, escribo envenenada sin perder de vista la consigna<< hay que cuidar la moral de la tropa>> Pero, la procesión de esta semana santa va por dentro, y como ya he confesado a mis lectores, me nutro en ese sótano en el que viven mis historias, en esa literatura amenazada que no me sirve para alimentarme, y que ahora, además, tengo vetada. Desnutrida como un corredor de maratones confinado, he vuelto a las libretas. Anoto la casuística, inimaginable que genera la vida tras las ventanas donde veo a mis vecinos en calzoncillos bailando al ritmo de la música de mi amigo DJ, Jaime, jugando al parchís con abrigo en el balcón o paseando por la azotea con paraguas. Mis colegas retransmiten el azar peregrino de nuestros pasos perdidos; una mujer descubre en un baúl las cartas de amor de su padre escritas a una conocida actriz de teatro, el alcalde de una pequeña localidad se recluye en un prostíbulo con siete trabajadoras del sexo, un cura da misa en el tejado de la iglesia para que sus feligreses puedan seguirla y es detenido por la policía. Me hace sonreír   el portero que cambia su sótano de 30 metros por el ático soleado de unos señores de Brasil  que le encargaron que regara las plantas…Ellos hacen los que pueden… ¿Qué tenemos que hacer los periodistas? Levantar acta de lo que estemos seguros, es decir, de pocas, pero tremendas cifras y de esas dudas que se cuelan entre ellas.   La negación está superada, lo supe en cuanto advertí que  Netflix había cambiado la calificación de algunas series y películas. Antes pertenecían al genero de la ciencia ficción, ahora han pasado a ser dramas.      

domingo, 5 de abril de 2020







 Revisen sus sueldos señorías

 Mi abuela escuchaba el “parte” pegada a la radio para saber qué pasaba más allá de las fronteras de su pueblo. Las comparecencias de nuestros gobernantes, a las que me cuesta acudir, adolecen de una transparencia informativa que desbarata la paciencia. Por mucho que Sánchez nos hable como si fuéramos feligreses de su parroquia, o que la Montero enlace una frase con otra hasta perderse en el mapa de las derivadas, no hay modo de entender si van o vienen; lo único positivo es que no hay futbol, y cuando hablan no dicen muertos y muertas, infectados e infectadas, médicos y médicas. Por fin lo esencial ha barrido lo trivial.  Me gustaría pensar que esa moqueta mullida que pisan nuestros políticos no ha impedido que el suelo se mueva bajo sus pies ante el terremoto que estamos viviendo.  Dicen que no es el momento de levantar las alfombras, y creo que tienen razón, pero quizás si lo sea de pedirles a sus señorías que revisen sus sueldos.      En la televisión de otros países europeos, lo de la comunicación lo llevan a rajatabla. Ayer vi un centro logístico con más de cien personas coordinando los hospitales alemanes. Un mapa lleno de lucecitas rojas y verdes indicaba donde había UVIS disponibles, en cual faltaba material, y el que tenía falta internistas. Cada persona sentada al ordenador coordinaba los sectores estratégicos del país con una racionalidad asombrosa. Me sentí desarmada.  Le llamé a mi hija a la que extraño con un dolor de puñal, y le dije que si hubiera podido elegir un lugar para pasar este horror me hubiera quedado con su exilio alemán. <<Pero ama, aquí no cantan en los balcones>> Después de tragar saliva le dije que quien canta su mal espanta y que le quería.    El virus es un mal nacido microscópico, con el que tendremos que convivir bajo sus impertinentes reglas, cuidándonos de que no se nos cuele en su padecimiento insolidaridades, o esos modos primitivos que nacen de la desesperación. A la imagen, la superficie, la estética, y los abdominales, tiranos hasta hace un mes, en una sociedad que despreciaba el conocimiento, se les ha cerrado el escenario.   La ciencia y la tecnología, han venido para quedarse y los políticos deberán invertir menos en imagen y más en sanidad, investigación y logística, bajándose los sueldos, yendo en metro a trabajar, y viviendo con decencia porque se ha acabado justificar lo injustificable. Estos días, al acostarme, pienso en John Lennon y en esa preciosa canción que compuso; “Imagine”. Me dan ganas de escribir otra donde  todas las cosas  puedan llamarse por su nombre.  



sábado, 28 de marzo de 2020


La mesa de nogal

   Estaba en el comedor y mi madre insistía en que, en el siglo pasado se había construido a mano y no tenía tornillos. De apariencia pequeña, se desplegaba, y de su interior salían tableros que la hacían tan grande como el abrazo que nos daba ella.  Repiquetea en mi memoria la insistencia que mostró en los últimos años para que alguno de los hermanos nos lleváramos la mesa de nogal. Nos hicimos los locos, sacando de la chistera una serie de estúpidas justificaciones. Habíamos llenado nuestros pisos de muebles de Ikea, cuyos nombres resultaban tan impronunciables, como precisos sus tornillos. Las nuestras eran casas sin sombras, sin historia, propicias para el cambio, el divorcio, o el abandono. La prisa que nos imprimía la vida no dejaba lugar a ceras, o caricias, quizás por eso la mesa acabó en mi trastero hasta que hace unos años, volví a rescatarla para darle su lugar en mi vida.   Hoy he pensado en la mesa, cuando veía a los miembros del gobierno, y a los demás electos apresurados, aprobando leyes sin demasiada meditación, sentándose en mesas de diálogos sin  la calma de una conversación. Aristóteles, vino a decir que el ejercicio de la política debía confiarse a los ancianos   en cuanto que lo que se necesitaba para ejercerla, era sabiduría y prudencia.      En Estados Unidos, el poder es el resultado de una carrera de fondo, la edad es un plus por la experiencia, y su correspondiente conquista empresarial y administrativa. Todos peinan canas, o se tiñen de rubio adonis.  En España, los electores parecen pensar que lo que necesitamos es, (si exceptuamos a Carmena, a  quien la dulce Cayetana llamó mas o menos senil) lo nuevo, el cambio, con jóvenes que se inician en la política como en una carrera profesional, con el   agravante de la presión que supone mantener un puesto de trabajo. La edad, además de una cuestión física, donde puedes perder osadía y tener ganas de zapatillas, es una cuestión mental. Echo de menos a sabios curtidos, de esos que no necesitan medrar, ni tienen bebes que requieren tiempo y educación, de los que han llegado a viajar ligeros, generosos y sobre todo prudentes. Veo a jóvenes muy viejos que defienden ideas retrogradas, y ajustan los precisos tornillos con la llave Allen, y a viejos muy jóvenes que profundamente innovadores y prudentes se dedican a sus cosas pudiendo dedicarse a la de todos. Mi mesa de nogal, a la que de vez en cuando paso una bayeta encerada como si fuera una caricia, convive con un mueble Havsta minimalista y preciso. Se llevan bien.    

viernes, 27 de marzo de 2020

Llega la primavera


Hace unas semanas fui a visitar la cartuja de Miraflores. Era un día frio, soleado, y cuando llegamos los monjes no esperaban visita hasta una hora después. Esperamos al abrigo del sol, en medio de un silencio solo roto por el canto de los pájaros. Saqué una foto a un rótulo que colgaba de la reja, donde con letras góticas ponía “clausura” y me puse a pensar en qué motivos, además del asunto religioso, tendrían quienes elegían aquella vida de aislamiento y silencio. Sobrecogida tras la visita, en parte por la belleza, y en parte porque en el interior hacia un frio que pelaba, al salir compramos unos jabones que los monjes hacían con rosas de su huerto invisible. Ayer, mientras me lavaba las manos con el producto bendecido de los cartujos para matar el virus, me pregunté si este confinamiento nos proporcionará reflexión, entendimiento, y esa felicidad tan perseguida y soñada por el ser humano de tan distintas y variadas maneras. Las redes, reinas absolutas de la vida y la libertad que hemos perdido, se han lanzado con hambre sobre los aislados ciudadanos bombardeándonos con dudosos datos, teorías sin documentar y tonterías varias.  Personas que no saben dónde tienen el bíceps se lanzan al ejercicio físico, sin dejar en el día una hora para sentir que están vivos.  Yo tampoco soy capaz   de esperar dócil a que el bicho brote, trepe hasta mi ventana, pero al amanecer, el paisaje de esta batalla me proporciona una olvidada paz.  Pienso en el silencio y en el tiempo, dos cosas que se nos ha devuelto a cambio de nuestra libertad. Mientras escribo, y con una sobredosis de consciencia de lo que supone la globalidad, tres cuartas partes de la humanidad, unos 2.300.000 millones de personas están encerradas esperando a que el ser humano, y mas concretamente la ciencia, controle la amenaza. No olvido que yo tengo un refugio cálido, aunque no tenga balcón, ni vecinos que canten ópera, pero tengo ventanas por las que la primavera empieza a colarse y el tibio sol, aquí en el norte, resulta una caricia prohibida. Respiro como los cartujos y ruego a los dioses, a las hadas, a los duendes, y a esa hoguera de San Juan, que a saber si encenderemos, que   comprendamos que la vida es poderosa, que volveremos, con más peso, más paciencia y distintos, al habernos sentido vulnerables. Quizás lo hagamos eligiendo mejor a nuestros gobernantes, dando menos besos formales, y escogiendo los abrazos anhelados, recuperando las calles, los rincones, y renunciando a esa eternidad de plástico que no solo daña el planeta sino el alma. Mientras tanto, quedémonos en casa.  



lunes, 23 de marzo de 2020

Probablemente me arrepienta de resucitarte...

Esta mañana, de ventana a ventana, Itzi me ha dicho que ha pasado la aspiradora a sus paredes en un ataque profiláctico de tres al cuarto. Me he reido y no se porque. Todo resulta extremadamente natural en esta soledad en la que ni siquiera se puede anhelar un abrazo. Antes, hace diez días, andaba marcando el territorio con lagrimas de impotencia porque no encontraba tiempo para escribir, y durante mi encierro el tiempo se me deshace sin escribir.
La creación exige alejarse de la realidad y no consigo hacerlo, Se me ocurren temeridades, como resucitar este espacio que me construyeron porque decían que debía hacerlo. Se me ha ido la olla. Odio los compromisos. ¿Y si me leen?
Es una verguenza, una entrada en 2014 y otra en 2018; la prueba de mi fé.