Elena Moreno Scheredre
La moral de la tropa
Expertos en crisis y epidemias, químicos, laboratorios
o empresas distribuidoras con capacidad de suministro que dicen haberse ofrecido al gobierno para
colaborar, y a los que se les dio las gracias y no se les respondió…
Pero en la guerra se obedece a los generales, se acatan las normas, aunque no
se comprendan, se confía y se teme en la misma medida, esperando que las
decisiones venideras sean cuando menos consensuadas. Aviso a
navegantes; he pasado la primera fase del duelo; la negación y estoy inmersa en
la siguiente; la ira. No soy capaz de
continuar con la novela que estaba escribiendo antes del confinamiento. La
realidad ha cerrado con candado mi acceso a la ficción. Me he convertido en una viajera sedentaria
ignorando mi exilio, y confeccionando mascarillas de colores con retales luminosos que guardaba con inútil
eternidad. Escucho que no sirven, y mi
enfermero, me dice que debo estar en casa con mascarilla. <<No
tengo>> <<Pues ponte un pañuelo, te puede servir el de las
fiestas>> Pienso en Bonnie and Clyde, caminando embozada por el pasillo. En
esta etapa, la de la ira, escribo
envenenada sin perder de vista la consigna<< hay que cuidar la moral de
la tropa>> Pero, la procesión de esta semana santa va por dentro, y como
ya he confesado a mis lectores, me nutro en ese sótano en el que viven mis
historias, en esa literatura amenazada que no me sirve para alimentarme, y que
ahora, además, tengo vetada. Desnutrida como un corredor de maratones
confinado, he vuelto a las libretas. Anoto la casuística, inimaginable que
genera la vida tras las ventanas donde veo a mis vecinos en calzoncillos bailando
al ritmo de la música de mi amigo DJ, Jaime, jugando al parchís con abrigo en el
balcón o paseando por la azotea con paraguas. Mis colegas retransmiten el azar
peregrino de nuestros pasos perdidos; una mujer descubre en un baúl las cartas
de amor de su padre escritas a una conocida actriz de teatro, el alcalde de una
pequeña localidad se recluye en un prostíbulo con siete trabajadoras del sexo,
un cura da misa en el tejado de la iglesia para que sus feligreses puedan
seguirla y es detenido por la policía. Me hace sonreír el
portero que cambia su sótano de 30 metros por el ático soleado de unos señores de
Brasil que le encargaron que regara las
plantas…Ellos hacen los que pueden… ¿Qué tenemos que hacer los periodistas?
Levantar acta de lo que estemos seguros, es decir, de pocas, pero tremendas
cifras y de esas dudas que se cuelan entre ellas. La
negación está superada, lo supe en cuanto advertí que Netflix había cambiado la calificación de algunas
series y películas. Antes pertenecían al genero de la ciencia ficción, ahora han
pasado a ser dramas.
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