viernes, 27 de marzo de 2020

Llega la primavera


Hace unas semanas fui a visitar la cartuja de Miraflores. Era un día frio, soleado, y cuando llegamos los monjes no esperaban visita hasta una hora después. Esperamos al abrigo del sol, en medio de un silencio solo roto por el canto de los pájaros. Saqué una foto a un rótulo que colgaba de la reja, donde con letras góticas ponía “clausura” y me puse a pensar en qué motivos, además del asunto religioso, tendrían quienes elegían aquella vida de aislamiento y silencio. Sobrecogida tras la visita, en parte por la belleza, y en parte porque en el interior hacia un frio que pelaba, al salir compramos unos jabones que los monjes hacían con rosas de su huerto invisible. Ayer, mientras me lavaba las manos con el producto bendecido de los cartujos para matar el virus, me pregunté si este confinamiento nos proporcionará reflexión, entendimiento, y esa felicidad tan perseguida y soñada por el ser humano de tan distintas y variadas maneras. Las redes, reinas absolutas de la vida y la libertad que hemos perdido, se han lanzado con hambre sobre los aislados ciudadanos bombardeándonos con dudosos datos, teorías sin documentar y tonterías varias.  Personas que no saben dónde tienen el bíceps se lanzan al ejercicio físico, sin dejar en el día una hora para sentir que están vivos.  Yo tampoco soy capaz   de esperar dócil a que el bicho brote, trepe hasta mi ventana, pero al amanecer, el paisaje de esta batalla me proporciona una olvidada paz.  Pienso en el silencio y en el tiempo, dos cosas que se nos ha devuelto a cambio de nuestra libertad. Mientras escribo, y con una sobredosis de consciencia de lo que supone la globalidad, tres cuartas partes de la humanidad, unos 2.300.000 millones de personas están encerradas esperando a que el ser humano, y mas concretamente la ciencia, controle la amenaza. No olvido que yo tengo un refugio cálido, aunque no tenga balcón, ni vecinos que canten ópera, pero tengo ventanas por las que la primavera empieza a colarse y el tibio sol, aquí en el norte, resulta una caricia prohibida. Respiro como los cartujos y ruego a los dioses, a las hadas, a los duendes, y a esa hoguera de San Juan, que a saber si encenderemos, que   comprendamos que la vida es poderosa, que volveremos, con más peso, más paciencia y distintos, al habernos sentido vulnerables. Quizás lo hagamos eligiendo mejor a nuestros gobernantes, dando menos besos formales, y escogiendo los abrazos anhelados, recuperando las calles, los rincones, y renunciando a esa eternidad de plástico que no solo daña el planeta sino el alma. Mientras tanto, quedémonos en casa.  



3 comentarios:

  1. Sabias reflexiones para tiempos extraños.
    Realmente ¿ aprenderemos algo de este mazazo a lo cotidiano ,de este reloj congelado, de esta rotura con la inercia ? ... o como simpkes marionetad sin vida propia estamos mirando al reloj y contando los minutos, las horas, los días quedan para el final de esta pesadilla para sin haber aprendido nada, sin haber crecido como personas, reanudar nuestra ciega rutina camino de.....
    ...., ¿de que?

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  2. Qué bonito.
    Gracias por llenarnos de estos pensamientos tan verdaderos. Ojalá cada uno sepa aprovechar este momento tan único. Besos

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  3. Siempre he querido interactuar con el lector. Quizás por eso esta iniciativa, ahora que el dia se reviste de "tiempo". Gracias por vuestro comentario.

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