sábado, 18 de abril de 2020


ELENA MORENO SCHEREDRE

Tercera fase; la aceptación.
Por mucho que me empeñe en mirar para otro lado los rumores se cuelan bajo las puertas, y entran por las ventanas. La presidenta de la Comisión Europea, empieza a dar pautas de comportamiento para los habitantes de este continente cansado que no acaba de encontrar su paso de baile, recomendando poco menos que no compremos cremas de   protección solar para este verano.  El Fondo Monetario Internacional escucha a los epidemiólogos del mundo, que apuntalan las previsiones macro económicas aconsejando a las naciones que inviertan en sanidad, mientras la Organización Mundial de la Salud advierte que no pensemos en una vacuna antes de doce meses.   Si no estuviera en la fase de aceptación me pondría a llorar, porque a veces me sucede que cualquier tontería desencadena mis lacrimales sin motivo alguno. En los telediarios, escucho sin pestañear las cifras de víctimas, convertidas en estadísticas y algoritmos, e inexplicablemente, cuando veo lo mal que le sientan las chaquetas al vicepresidente del gobierno me pongo a llorar sin consuelo. Me da la risa cuando veo que se sigue gastando dinero en encuestas, previsiones de voto y salarios para congresistas, secretarios, subsecretarios y senadores, validando la certeza de que los periodistas autónomos, sin pesebre ideológico, tenemos derecho y hasta deber de tener pataletas demagógicas, aunque no estén previstas en el calendario institucional.   Los países de Europa, más afectados por esta inmisericorde pandemia han encontrado consuelo en la música, y  las canciones elegidas parecen un reflejo poético del carácter de quienes las entonan. Nosotros tenemos “Resistiré” cuyo estribillo me pone de los nervios y que dice “Resistiré para seguir viviendo. Soportaré los golpes y jamás me rendiré. Y aunque los sueños se me rompan en pedazos. Resistiré”. Todo un manual de resistencia la cancioncita de marras. En Italia, donde también andan con el corazón roto cantan “Facciamo finta che”  cuyo estribillo se adapta bien a ese maravilloso país hermano al que siempre le cayeron las prendas  como un guante  y que viene a decir…” Finjamos, o hagamos como que todo va bien, que todo va bien Finjamos que todo va bien”  Y por fin, nuestros vecinos franceses, un poco antes de las ocho, se asoman a las ventanas y cantan para no decepcionarnos  nada menos que una canción llamada “La tendresse”, es decir, la ternura, cuya letra no tiene desperdicio, porque pregonan que podrán vivir sin riqueza ni gloria, pero jamás sin ternura. No se lo creen ni ellos, pero su amour courtois no podía defraudar.     

domingo, 12 de abril de 2020


 Elena Moreno Scheredre 
 La moral de la tropa

 Expertos en crisis y epidemias, químicos, laboratorios o empresas distribuidoras con capacidad de suministro que  dicen haberse ofrecido al gobierno para colaborar, y a los que   se les dio las gracias y no se les respondió… Pero en la guerra se obedece a los generales, se acatan las normas, aunque no se comprendan, se confía y se teme en la misma medida, esperando que las decisiones venideras   sean cuando menos consensuadas. Aviso a navegantes; he pasado la primera fase del duelo; la negación y estoy inmersa en la siguiente; la ira.  No soy capaz de continuar con la novela que estaba escribiendo antes del confinamiento. La realidad ha cerrado con candado mi acceso a la ficción.  Me he convertido en una viajera sedentaria ignorando mi exilio, y confeccionando mascarillas de colores con   retales luminosos que guardaba con inútil eternidad. Escucho  que no sirven, y mi enfermero, me dice que debo estar en casa con mascarilla. <<No tengo>> <<Pues ponte un pañuelo, te puede servir el de las fiestas>> Pienso en Bonnie and Clyde, caminando embozada por el pasillo. En esta  etapa, la de la ira, escribo envenenada sin perder de vista la consigna<< hay que cuidar la moral de la tropa>> Pero, la procesión de esta semana santa va por dentro, y como ya he confesado a mis lectores, me nutro en ese sótano en el que viven mis historias, en esa literatura amenazada que no me sirve para alimentarme, y que ahora, además, tengo vetada. Desnutrida como un corredor de maratones confinado, he vuelto a las libretas. Anoto la casuística, inimaginable que genera la vida tras las ventanas donde veo a mis vecinos en calzoncillos bailando al ritmo de la música de mi amigo DJ, Jaime, jugando al parchís con abrigo en el balcón o paseando por la azotea con paraguas. Mis colegas retransmiten el azar peregrino de nuestros pasos perdidos; una mujer descubre en un baúl las cartas de amor de su padre escritas a una conocida actriz de teatro, el alcalde de una pequeña localidad se recluye en un prostíbulo con siete trabajadoras del sexo, un cura da misa en el tejado de la iglesia para que sus feligreses puedan seguirla y es detenido por la policía. Me hace sonreír   el portero que cambia su sótano de 30 metros por el ático soleado de unos señores de Brasil  que le encargaron que regara las plantas…Ellos hacen los que pueden… ¿Qué tenemos que hacer los periodistas? Levantar acta de lo que estemos seguros, es decir, de pocas, pero tremendas cifras y de esas dudas que se cuelan entre ellas.   La negación está superada, lo supe en cuanto advertí que  Netflix había cambiado la calificación de algunas series y películas. Antes pertenecían al genero de la ciencia ficción, ahora han pasado a ser dramas.      

domingo, 5 de abril de 2020







 Revisen sus sueldos señorías

 Mi abuela escuchaba el “parte” pegada a la radio para saber qué pasaba más allá de las fronteras de su pueblo. Las comparecencias de nuestros gobernantes, a las que me cuesta acudir, adolecen de una transparencia informativa que desbarata la paciencia. Por mucho que Sánchez nos hable como si fuéramos feligreses de su parroquia, o que la Montero enlace una frase con otra hasta perderse en el mapa de las derivadas, no hay modo de entender si van o vienen; lo único positivo es que no hay futbol, y cuando hablan no dicen muertos y muertas, infectados e infectadas, médicos y médicas. Por fin lo esencial ha barrido lo trivial.  Me gustaría pensar que esa moqueta mullida que pisan nuestros políticos no ha impedido que el suelo se mueva bajo sus pies ante el terremoto que estamos viviendo.  Dicen que no es el momento de levantar las alfombras, y creo que tienen razón, pero quizás si lo sea de pedirles a sus señorías que revisen sus sueldos.      En la televisión de otros países europeos, lo de la comunicación lo llevan a rajatabla. Ayer vi un centro logístico con más de cien personas coordinando los hospitales alemanes. Un mapa lleno de lucecitas rojas y verdes indicaba donde había UVIS disponibles, en cual faltaba material, y el que tenía falta internistas. Cada persona sentada al ordenador coordinaba los sectores estratégicos del país con una racionalidad asombrosa. Me sentí desarmada.  Le llamé a mi hija a la que extraño con un dolor de puñal, y le dije que si hubiera podido elegir un lugar para pasar este horror me hubiera quedado con su exilio alemán. <<Pero ama, aquí no cantan en los balcones>> Después de tragar saliva le dije que quien canta su mal espanta y que le quería.    El virus es un mal nacido microscópico, con el que tendremos que convivir bajo sus impertinentes reglas, cuidándonos de que no se nos cuele en su padecimiento insolidaridades, o esos modos primitivos que nacen de la desesperación. A la imagen, la superficie, la estética, y los abdominales, tiranos hasta hace un mes, en una sociedad que despreciaba el conocimiento, se les ha cerrado el escenario.   La ciencia y la tecnología, han venido para quedarse y los políticos deberán invertir menos en imagen y más en sanidad, investigación y logística, bajándose los sueldos, yendo en metro a trabajar, y viviendo con decencia porque se ha acabado justificar lo injustificable. Estos días, al acostarme, pienso en John Lennon y en esa preciosa canción que compuso; “Imagine”. Me dan ganas de escribir otra donde  todas las cosas  puedan llamarse por su nombre.