sábado, 28 de marzo de 2020


La mesa de nogal

   Estaba en el comedor y mi madre insistía en que, en el siglo pasado se había construido a mano y no tenía tornillos. De apariencia pequeña, se desplegaba, y de su interior salían tableros que la hacían tan grande como el abrazo que nos daba ella.  Repiquetea en mi memoria la insistencia que mostró en los últimos años para que alguno de los hermanos nos lleváramos la mesa de nogal. Nos hicimos los locos, sacando de la chistera una serie de estúpidas justificaciones. Habíamos llenado nuestros pisos de muebles de Ikea, cuyos nombres resultaban tan impronunciables, como precisos sus tornillos. Las nuestras eran casas sin sombras, sin historia, propicias para el cambio, el divorcio, o el abandono. La prisa que nos imprimía la vida no dejaba lugar a ceras, o caricias, quizás por eso la mesa acabó en mi trastero hasta que hace unos años, volví a rescatarla para darle su lugar en mi vida.   Hoy he pensado en la mesa, cuando veía a los miembros del gobierno, y a los demás electos apresurados, aprobando leyes sin demasiada meditación, sentándose en mesas de diálogos sin  la calma de una conversación. Aristóteles, vino a decir que el ejercicio de la política debía confiarse a los ancianos   en cuanto que lo que se necesitaba para ejercerla, era sabiduría y prudencia.      En Estados Unidos, el poder es el resultado de una carrera de fondo, la edad es un plus por la experiencia, y su correspondiente conquista empresarial y administrativa. Todos peinan canas, o se tiñen de rubio adonis.  En España, los electores parecen pensar que lo que necesitamos es, (si exceptuamos a Carmena, a  quien la dulce Cayetana llamó mas o menos senil) lo nuevo, el cambio, con jóvenes que se inician en la política como en una carrera profesional, con el   agravante de la presión que supone mantener un puesto de trabajo. La edad, además de una cuestión física, donde puedes perder osadía y tener ganas de zapatillas, es una cuestión mental. Echo de menos a sabios curtidos, de esos que no necesitan medrar, ni tienen bebes que requieren tiempo y educación, de los que han llegado a viajar ligeros, generosos y sobre todo prudentes. Veo a jóvenes muy viejos que defienden ideas retrogradas, y ajustan los precisos tornillos con la llave Allen, y a viejos muy jóvenes que profundamente innovadores y prudentes se dedican a sus cosas pudiendo dedicarse a la de todos. Mi mesa de nogal, a la que de vez en cuando paso una bayeta encerada como si fuera una caricia, convive con un mueble Havsta minimalista y preciso. Se llevan bien.    

viernes, 27 de marzo de 2020

Llega la primavera


Hace unas semanas fui a visitar la cartuja de Miraflores. Era un día frio, soleado, y cuando llegamos los monjes no esperaban visita hasta una hora después. Esperamos al abrigo del sol, en medio de un silencio solo roto por el canto de los pájaros. Saqué una foto a un rótulo que colgaba de la reja, donde con letras góticas ponía “clausura” y me puse a pensar en qué motivos, además del asunto religioso, tendrían quienes elegían aquella vida de aislamiento y silencio. Sobrecogida tras la visita, en parte por la belleza, y en parte porque en el interior hacia un frio que pelaba, al salir compramos unos jabones que los monjes hacían con rosas de su huerto invisible. Ayer, mientras me lavaba las manos con el producto bendecido de los cartujos para matar el virus, me pregunté si este confinamiento nos proporcionará reflexión, entendimiento, y esa felicidad tan perseguida y soñada por el ser humano de tan distintas y variadas maneras. Las redes, reinas absolutas de la vida y la libertad que hemos perdido, se han lanzado con hambre sobre los aislados ciudadanos bombardeándonos con dudosos datos, teorías sin documentar y tonterías varias.  Personas que no saben dónde tienen el bíceps se lanzan al ejercicio físico, sin dejar en el día una hora para sentir que están vivos.  Yo tampoco soy capaz   de esperar dócil a que el bicho brote, trepe hasta mi ventana, pero al amanecer, el paisaje de esta batalla me proporciona una olvidada paz.  Pienso en el silencio y en el tiempo, dos cosas que se nos ha devuelto a cambio de nuestra libertad. Mientras escribo, y con una sobredosis de consciencia de lo que supone la globalidad, tres cuartas partes de la humanidad, unos 2.300.000 millones de personas están encerradas esperando a que el ser humano, y mas concretamente la ciencia, controle la amenaza. No olvido que yo tengo un refugio cálido, aunque no tenga balcón, ni vecinos que canten ópera, pero tengo ventanas por las que la primavera empieza a colarse y el tibio sol, aquí en el norte, resulta una caricia prohibida. Respiro como los cartujos y ruego a los dioses, a las hadas, a los duendes, y a esa hoguera de San Juan, que a saber si encenderemos, que   comprendamos que la vida es poderosa, que volveremos, con más peso, más paciencia y distintos, al habernos sentido vulnerables. Quizás lo hagamos eligiendo mejor a nuestros gobernantes, dando menos besos formales, y escogiendo los abrazos anhelados, recuperando las calles, los rincones, y renunciando a esa eternidad de plástico que no solo daña el planeta sino el alma. Mientras tanto, quedémonos en casa.  



lunes, 23 de marzo de 2020

Probablemente me arrepienta de resucitarte...

Esta mañana, de ventana a ventana, Itzi me ha dicho que ha pasado la aspiradora a sus paredes en un ataque profiláctico de tres al cuarto. Me he reido y no se porque. Todo resulta extremadamente natural en esta soledad en la que ni siquiera se puede anhelar un abrazo. Antes, hace diez días, andaba marcando el territorio con lagrimas de impotencia porque no encontraba tiempo para escribir, y durante mi encierro el tiempo se me deshace sin escribir.
La creación exige alejarse de la realidad y no consigo hacerlo, Se me ocurren temeridades, como resucitar este espacio que me construyeron porque decían que debía hacerlo. Se me ha ido la olla. Odio los compromisos. ¿Y si me leen?
Es una verguenza, una entrada en 2014 y otra en 2018; la prueba de mi fé.